# El camino que no elegí
Ramón Ortiz trabajó nueve años como guía de senderismo en las Montañas Sandía, cerca de Albuquerque, Nuevo México, y esta historia la contó solo una vez, en una noche de invierno, a un grupo de jóvenes en riesgo que le trajeron de una organización comunitaria del sur de la ciudad. No la contó como lección. La contó porque eso fue lo que le pasó, de verdad, a los veintidós años, cuando todavía era un muchacho joven y necio que creía saberlo todo.
Fue en otoño, en una caminata de cinco días por el Bosque Nacional Cíbola, un grupo de cinco amigos de la secundaria que decidieron celebrar la graduación. Ramón, que era el más seguro de sí mismo de todos, fue quien los guio — y los perdió. Así de simple. El mapa se mojó con la lluvia, la brújula falló, y a las cuatro y cuarto de la tarde se encontraron parados en una bifurcación sin idea de hacia dónde ir, mientras la oscuridad empezaba a colarse entre los pinos.
"Yo me voy por la izquierda," dijo Julián, el mayor del grupo, técnico de aire acondicionado de Rio Rancho. "Tengo un presentimiento." Nadie le preguntó presentimiento de qué. Simplemente empezó a caminar, con la mochila colgando de un solo hombro.
"Yo por la derecha," dijo Daniel, que estudiaba ingeniería eléctrica en el community college y le buscaba lógica a todo. "No por nada le dicen 'el camino correcto'." Se rio de su propio chiste malo; nadie se rio con él.
"Yo regreso por donde vinimos," dijo Maya, la única mujer del grupo. "Por aquí entramos. Por aquí salgo." Ya se había quitado la bufanda del cuello.
"Yo sigo derecho," dijo Rubén, el más impaciente de todos. "Un bosque no dura para siempre. En algún momento se acaba."
Ramón no fue hacia ningún lado. Miró el pino ponderosa alto que estaba un poco apartado, ese cuya copa sobresalía por encima del resto de los árboles, y dijo: "Están equivocados. Denme un minuto." Nadie esperó. Para cuando llegó a las primeras ramas ya se habían dispersado en cuatro direcciones, y sus tenis — unos Nike viejos ya rotos de la punta — resbalaron dos veces sobre la corteza mojada antes de que lograra agarrarse bien.
Desde arriba, a una altura como de un tercer piso, ya no veía a ninguno de ellos. Eran las cinco menos cuarto. Vio, con una claridad que lo sorprendió, una línea de torres eléctricas a lo lejos que corría hacia el este. Sabía hacia dónde ir. En el bolsillo de sus pantalones tenía veintidós dólares, exactamente como su edad, y eso le dio risa ahí, solo en la rama, con el frío que ya empezaba a morder. Se quedó sentado un momento, contó las monedas sin razón, y sintió que era el único que había visto bien. Que no había corrido de forma imprudente como los demás.
Cuando bajó del árbol y llegó al campamento, mientras esperaban a los demás, Daniel ya no traía puesto el reloj de buzo que su papá le había regalado por la graduación. Lo buscó en su mochila, en sus bolsillos, hasta en las botas. "Estaba aquí antes de subir el cerro," repetía, y volteaba a ver a los demás como si alguno fuera a confesar. Nadie dijo nada. Un chico que se les había pegado al grupo desde el segundo día — flaco, con una sudadera prestada, que dijo llamarse Kevin y que nadie sabía bien de dónde había salido ni con quién venía — ya no estaba entre ellos cuando finalmente se juntaron todos esa noche. Se había esfumado sin despedirse, con su sudadera prestada y todo.
Se equivocó.
En identificar la dirección tuvo razón — bajó y caminó exactamente según lo que había visto, y después de dos horas y media llegó a un camino de terracería, y de ahí un aventón con un chofer de camión que le ofreció un cigarro sin hacerle preguntas, hasta Albuquerque. Pero se equivocó al pensar que era el único que había resuelto algo. Esa noche no lo entendió. Le tomaría casi diez años entenderlo de verdad.
***
En una convención de guías de senderismo en Santa Fe, casi una década después de aquella tarde en el Bosque Nacional Cíbola, Ramón se topó con Daniel en la fila del buffet.
"¿Te acuerdas de aquella noche?" Daniel se rio, la misma risa mala de siempre. "Todavía me acuerdo del nombre del cabrón que me robó el reloj." Sacó el celular, le mostró a Ramón un mensaje de texto: *"Llego hoy a las seis, guárdame lugar al frente — Kevin."*
"¿Kevin?" Ramón no entendió al principio. Después sí — el flaco de la sudadera prestada, el que se esfumó esa misma noche.
"El chico del bosque. Es guía en mi centro en Las Cruces desde hace un año. Viene a la convención." Daniel guardó el celular en el bolsillo, sin darle más peso del que le daría a cualquier otra anécdota vieja. "¿Sabías que en realidad no quería robar nada? Se había escapado de su casa una semana antes de que nos lo topáramos en el sendero. Empeñó el reloj en Truth or Consequences por cuarenta dólares, y con eso llegó a un albergue en Las Cruces. Ahí lo agarró un tipo del centro comunitario y lo metió al programa de guías juveniles."
Ramón se quedó con el plato en la mano, sin servirse nada. Nueve años enseñando a leer un mapa, a identificar un árbol alto desde el que orientarse, a no perder la cabeza cuando se pierde el camino — y nunca había pensado en el chico de la sudadera como alguien que también había encontrado su propia salida del bosque. Solo lo había pensado como el que robó el reloj y desapareció.
Julián lo llamó desde una mesa con folletos, presumiendo una lista de espera de ocho meses para su curso; Ramón alzó la mano en saludo, sin acercarse. Alguien que parecía Rubén discutía en una esquina con un profesor sobre una planta en un proyector. Ramón los vio de lejos, como quien ve pasar un tren que no va a tomar, y volvió la vista hacia la fila del buffet, hacia Daniel, hacia el celular guardado.
A las seis en punto llegó un hombre de unos treinta años, con una gorra del Servicio Forestal y una credencial de guía colgada del cuello. Se acercó directo a Daniel, le dio la mano, se rieron de algo. Después Daniel señaló hacia Ramón.
"Este es Ramón," dijo Daniel. "El que se subió al árbol aquella vez."
Kevin lo miró un segundo de más. "El del pino ponderosa," dijo. "Yo los vi bajar a todos desde donde estaba escondido. Vi cómo cada quien se fue por su lado, y pensé que ustedes sabían algo que yo no. Por eso agarré para el otro lado, hacia la carretera. Si ustedes, que traían mapa y brújula, no sabían para dónde ir, yo con nada menos iba a saber."
"Yo tampoco sabía," dijo Ramón. "Subí al árbol porque ya no aguantaba seguir fingiendo que sí."
Kevin asintió una sola vez, sin dramatismo, como quien cierra una cuenta vieja. Sacó del bolsillo una pluma con el logo del centro de Las Cruces y se la ofreció a Ramón. "Regalo de bienvenida. Todos las traemos." Ramón la tomó y la giró entre los dedos un momento, sintiendo el peso ridículo y pequeño del objeto.
No había reloj que devolver ni disculpa que dar. Los dos habían salido del mismo bosque por caminos distintos, y los dos habían tardado casi diez años en encontrarse en la misma fila del buffet de una convención en Santa Fe.
Ramón cargaba dos vasos de café desde que se sentó a esperar, uno para él y otro que había pedido sin saber bien para quién. Empujó el segundo vaso hacia Kevin.
"Siéntate," le dijo. "Ya no hay prisa."
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4 вересня 2026